Diario de un ciclista granadino

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Salgo con la bicicleta. Me juego por primera vez la vida al cruzar la carretera de la Sierra. El otro día, sin ir más lejos, el 13 adelantó al 33, se metió en el carril de la izquierda a pesar de dos rayas continuas y chocó contra un coche en el que viajaban una niña pequeña y una mujer embarazada. Bueno, pues justo por ahí cruzo yo pensando en mis tres hijos.

Después la cosa mejora. Cruzo el puente de chapa sobre el Genil y por el camino de la fuente de la Bicha llegó hasta la cola del pantano de Canales con el único sobresalto de una gasolinera y de algún motero intrépido. Pero pongamos que se me ocurre ese día girar a la izquierda y que me propongo seguir hacia abajo el curso del Genil.

En este caso se llega al Puente Verde con relativa tranquilidad, pero ahí uno vuelve a pensar en sus tres pequeños. Lo mejor es bajarse y cruzar por un paso de peatones que hay cien metros a la derecha. Si no, uno va por una acera de altos bordillos a pique de caer a la derecha al río, a la izquierda a la jungla de los coches. Se sigue por medio de los jardines y se alcanza el nuevo puente. Ahí se ven los restos de un carril bici que unía el Zaidín con Puerta Real. Arqueología del dolor. Después tenemos otro tramo maravilloso hasta el Hospital de la Inmaculada. Si vas por la acera malo, si vas por la calzada te arriesgas a pitadas o a dejar tres huérfanos. Pasada la circunvalación aparece por fin un carril bici en condiciones. Se recorre en diez minutos y ¿dónde acaba? En ninguna parte. Es decir que acaba de repente, antes del Beiro. Sin más.

Sigamos con buena voluntad: el siguiente tramo tiene un pavimento infernal. Han echado los cascajos y residuos de la obra del carril bici. A la izquierda el río muerto. No exagero: muerto y maloliente. El divino Genil de la literatura. Una lengua de cemento corta el río para permitir que los coches lo vadeen. Han puesto señales de tráfico advirtiendo del peligro ¡de que baje agua! Un domingo a las nueve de la mañana en ese punto vi como un tipo con pinta de venir de marcha se llevaba a un ciclista por delante. No lo había visto. Ni siquiera se bajó del coche.

Sigamos. Se llega al Puente de los Vados. Se recorren unos kilómetros de alameda y se alcanza el carril bici que une Santa Fé con Atarfe. Dejémoslo aquí. Estamos a menos de veinte kilómetros de la cola del pantano de Canales. No entiendo de cuentas, pero unir Pinos Genil, Cenes, Granada, Santa Fé y Atarfe por un carril bici decente no sería demasiado caro.

Pero “ezque hay munchas cuestas en Graná p’a la bisicleta”. Lo que hay es muy poco sentido de la calidad de vida. En esta ciudad del siglo XXI un alcalde levantó un carril bici. Hay quien dice más: no es que ganara las elecciones y después levantara el carril bici en cumplimiento de una promesa electoral, es que ganó las elecciones por prometer que levantaría el carril bici de la Avenida de Dílar.

Me cuentan que en Sevilla han inaugurado el mismo sistema de Barcelona. ¿Saben cuántos usuarios tiene el bicing en Sevilla? Setenta mil. Se dice pronto, el diez por ciento de la población. En Granada serían más: el diez por ciento con el área metropolitana serían cuarenta y cinco mil, pero la Universidad tiene sesenta mil alumnos. “Pero es que Sevilla es mu grande y mu llana” —diría nuestro granadino. Pues para cuestas las del Zaidín. ¿Han visto ustedes el pedazo de cuesta que hay por ejemplo entre el Nuevo Los Cármenes y Puerta Real?


 

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