Del mando a distancia

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Dado el problema que consiste en que mis hijos no soportan los telediarios, que mi mujer no soporta los documentales sobre la vida de los insectos, y que yo no soporto los dibujos animados de Disney, la solución en mi casa es simple: que yo no veo la televisión. Así de fácil, a estas alturas de la vida familiar ni siquiera sé dónde está el mando a distancia. Un amigo me dice siempre que esta renuncia al control de la tele es de las deserciones más graves de mi vida porque, según él, “en una casa manda quien manda en el mando”.

El caso es que en esta casa en la que vivo sin mando, me dedico a escuchar la radio y a ver los resultados de la eurocopa por internet. Por las mañanas, la asistenta -que debe de saber donde está el mando- pone un canal de videos musicales latinos. Durante las tardes, lo que oigo desde mi ordenador es un soniquete de dibujos animados japoneses y, por las noches, cuando los niños ya se han acostado habiendo transferido el mando a su madre, se escucha un ruido remoto como de película de Hollywood en blanco y negro.

Una noche me sobresaltaron unos gritos de sátiro que salían del televisor. Bajé y le pregunté a mi mujer que quién era aquel tipo de espantosa voz. “Es Boris – me dijo ella- ¿No me digas que no sabes quién es Boris?”. Otra noche, en la cena de un premio literario, las ocho personas de mi mesa se pusieron a hablar de una chica de Usera. Yo, aparte de no saber dónde carajo queda Usera, no pude reprimir mi curiosidad y le pregunté por lo bajo a mi editora que de quién estaban hablando. Me lo explicó con toda paciencia: hubo una vez un torero que dejó embarazada a una chica de Usera, que ahora sale en la televisión y es muy conocida.

Lo malo de no entrenarse el alma viendo cada noche programas de televisión es que pierdes la forma psíquica. Entonces lo que te puede ocurrir es que si alguna vez pasas desprevenido junto a la pantalla en cualquier bar, o en un hotel de una ciudad lejana, o en tu propia casa, el televisor te dará un zarpazo y te enseñará de repente lo peor de tu propia identidad, tus deseos más ocultos, el siniestro ser que te habita los rincones del alma. Ese histriónico Boris, eres tú. Ese tertuliano apasionado e ignorante que pide la “liberación” de la isla Perejil, eres tú. Y esa gritona que interroga e interrumpe a la hermana de una famosa que dicen que se acostó con un ministro, también soy yo, o sea, tú. Sólo somos el reflejo de lo que vemos por televisión y yo, amigo, voy a hacer todo lo posible por recuperar el mando a distancia sobre mi vida. Te informaré de los detalles de la batalla.


 

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