Del Eterno Ahora

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Hace un par de semanas saludé a Francisco Ayala y, desde entonces, no dejo de pensar en la larga vida y en la buena cabeza. Leo, por eso, que la memoria es un músculo y que debe ser entrenado como cualquier otro. Leo que el trabajo continuo en el ordenador no sirve para el entrenamiento de la memoria. Por el contrario, la debilita porque nos permite delegar en la memoria electrónica lo que antes sosteníamos en la memoria neuronal. Tan entretejido está este ordenador en el que escribo con otros hábitos de mis días que creo estar perdiendo la memoria.

Sólo recuerdo los números de dos o tres teléfonos, los demás están aquí o grabados en la memoria electrónica del teléfono móvil. No sé si ya he visitado alguna vez la comarca desierta de la Vardulia o si sólo he recorrido los documentos informáticos que hablan de la fundación andalusí de Castilla. Cada vez recuerdo peor lo que ocurrió ayer y mejor lo más remoto. Cada vez digo más que lo siento, que lo había olvidado, que no sabía que era hoy cuando habíamos quedado. Y cada vez me sorprenden más los sabores de la merienda de verano, los colores del atardecer en una estación de tren, y el retorno del gusto a desdicha de la adolescencia.

Tal vez por eso, ahora me consuela mucho leer a los autores del eterno retorno. Los diez mil recuerdos grandes de una vida florecen con exuberancia en la última fase del trayecto. Pero cuando se toca fondo las cosas toman el camino ascendente hacia la fuente primigenia, hasta descansar en la quietud cósmica. Laozi, el chino, cree que hay un descenso perpetuo desde el misterio de misterios hacia las cosas como las vemos. La pérdida de mi memoria es, en realidad, un encuentro con las cosas reales del mundo real. Plotino, el griego, prefiere la imagen de las fuentes: el Ser se derrama, desde arriba, de manera perpetua, cada molécula del agua viene de muy alto, cada olvido es un recuerdo en el plato de debajo de la fuente. La pérdida de la memoria es, en realidad, un ascenso hacia la Quietud del Ser. Sin embargo es Ibn Arabí quien me da más consuelo. El andalusí sostiene que el mundo se crea en cada momento y que en cada instante nacen innumerables cosas y propiedades que desaparecen enseguida, para ser reemplazadas después por otra infinidad de objetos y conceptos. No es que yo no recuerde lo que hice ayer, es que ese de ayer era otro. Ese tipo que me mira desde el borrador de la carta que no terminé de escribir anoche, el de la fotografía de hace tres años y aquel adolescente que vagabundea al atardecer con las manos en los bolsillos no son yo. La creación continua es así un inmenso círculo en el que no hay ni punto de partida ni punto final. El perpetuo movimiento, como la memoria frágil o la breve vida, considerados en sí son un fenómeno temporal, pero el círculo entero al no tener ni inicio ni fin trasciende al tiempo. Cada acontecimiento es el eterno ahora.


 

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