Del centro y de la desdicha

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Decía Borges que, de joven, prefería los arrabales, los atardeceres y la desdicha, pero que, de mayor, ya prefería el centro, las mañanas y la serenidad. Me obsesiona esta frase porque estoy convencido de que cada ciudad no sólo tiene centro y arrabales, sino que también tiene atardeceres, mañanas, serenidad y desdicha. Plaza Nueva es la mañana de Granada. Miles de personas pasan por allí, aparcan y desaparcan, pleitean, discuten, desayunan en compañía o en soledad, toman café y cervezas y, por la tarde, se van. Bibrambla es la serenidad de Granada, allí siguen los tilos, los corros de hombres con bastón y reloj de oro, allí parece que estuvieran todavía los urinarios públicos y allí siguen estando las carocas y los chacolines por el Corpus, el chocolate y los churros por el Festival.

La desdicha de Granada es Almanjáyar al amanecer: una plaza remota donde los drogatas arrastran el esqueleto en busca de la picadura, unas casas desmanteladas de las que sale un extraño olor mezclado a comida familiar y a hojalata, a colonia Nenuco y a acetona para tratar la heroína, unas madres ceremoniosas y gordas que dirigen rebaños de niños hasta que los motores de los coches y de las motos se los llevan a la muerte súbita o a la cárcel lenta. San Cristóbal, San Miguel Alto o San Nicolás son los atardeceres de Granada: allí suben los más jóvenes para declararse amor inmortal, convencidos de que nadie lo ha hecho antes, convencidos de que nadie ha experimentado antes ese mismo temblor de piernas o ese cosquilleo en la boca del estómago que da el oír a los diecinueve, que tu compañero de banca y apuntes, el que te pagó el café con leche en la cantina de la Facultad, el que te propuso estudiar toda la noche en la biblioteca del Clínico, quiere “salir” contigo.

Según teorías urbanísticas que temo periclitadas, las ciudades históricas tienen un centro que irradia su personalidad hacia los arrabales. Según este urbanismo, en la ciudad histórica europea y mediterránea, el centro se distinguía del downtown norteamericano precisamente por esto, porque irradiaba identidad hacia fuera. Plaza Nueva, además de la mañana, es también el centro de Granada y me temo que lo que pasa aquí irradia hacia la periferia y me temo, en fin, que Plaza Nueva está enferma y que está ciudad se está muriendo.

Hace cuatro años pusieron un andamio cubierto con tela negra a la entrada de la Carrera del Darro. Desde hace un par de semanas o siete, un coche sucio y con los retrovisores partidos aparca junto a ese andamio. En el parabrisas se ve un letrero que pone “medios informativos”. Si un andamio cubierto con tela negra perdura durante cuatro años. Si los coches se acercan a él como las ratas a la basura. Si los responsables municipales no son capaces de convertir Plaza Nueva en una plaza. Si colocan bidones de basura en el centro. Si los técnicos llaman a la Plaza “intercambiador de transportes”. Si los jueces montan sus coches en la misma acera frente a la Chancillería. Si doscientas motos ocupan el espacio central entre vallas amarillentas. Si la fuente del Pilar del Toro despide olor a excrementos y ya nadie bebe agua allí. Si nadie tala los cuatro ridículos arbustos y matorrales que sirven de tapadera al retrete de los pordioseros. Si la torre de Santa Ana, la más bonita de la ciudad, no se puede ver desde ningún punto sin interferencias de autobuses, antenas o sombrillas. Si los coches siguen pitando, avasallando y señoreando la plaza. Si las noches de fin de semana un espantoso olor a orines de botellón inunda la plaza. Si las mil tapas metálicas de alcantarillas y otros tubos, vibran con el paso de cada automóvil. Si un chico de dieciocho años fue apuñalado ante la iglesia de Santa Ana y esperó veinte minutos la llegada de la ambulancia. Si todo esto sucede en el centro, la mañana y la serenidad es que la ciudad y sus arrabales se están muriendo de desdicha, como el atardecer.


 

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