De ti y de la felicidad

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Borges la señala como una de las frases más memorables que le ha deparado su trato con las letras. Teniendo en cuenta la intensidad de ese trato, me parece que hay que reproducirla. Más o menos dice así: muchas veces en la vida emprendí el estudio de la metafísica, pero siempre me interrumpió la felicidad.



Algo así me viene ocurriendo desde septiembre: me propongo estudiar hebreo, correr, bicicleta, novela o pilates y algo me lo impide. Ayer por la mañana cuando te dije que ya tenía tema para este caorama, te alegraste. Sabes que los jueves soy un ser más relajado y divertido si he escrito la columna, que si no lo he hecho. Como un niño cuando termina los deberes o como un kantiano que practica el deber por el deber. Pero cuando te dije cuál era el tema que había elegido, te cambió la cara. Iba a escribir contra la felicidad. Soltaste una expresión granadina que no repito, porque sólo tiene gracia cuando la pronuncia una chica catalana en avanzado estado de granadinización.

El caso es que te debía una explicación inmediata, porque vivimos aquí desde hace dos meses con mucha risa y armonía. Mi tercer niño crece por días y a mi chica catalana ni siquiera le estorba lo que Granada tiene de levítica, de ciudad enemiga de las bicicletas y el paseante. Yo, en cambio, llevo fatal el urbanismo torpe y cateto de Granada, y echo de menos las playas, las librerías gigantes, el verano con mis niños y los patines de Barcelona. Esa nostalgia no me hace infeliz del todo, pero a ti te sigo debiendo una explicación por escribir contra la felicidad. Ahí va.

Pensaba escribir contra la Navidad pero, al fin y al cabo, todos los años lo hago. Descarté el tema porque era darle vueltas a un asunto trillado. Por si fuera poco, un admirado y queridísimo amigo había dedicado un artículo a defender la vieja Navidad, la del nacimiento y el aguinaldo, la de la burra, el buey, la estrella y el portal, la de los campanilleros por los campos y los peces bebiendo en el río. A esa otra Navidad que nada tiene que ver con la fiesta nacional de un imperio infantilizado y que a mí también me gusta. En su artículo, Miguel Pasquau expresaba su desagrado por eufemismos tales como “felices fiestas”. Yo también prefiero Navidad a “estos días tan señalados”, pero mi problema es el adjetivo ´feliz´ y a arremeter contra los vendedores navideños de felicidad iba yo a dedicar mi artículo de hoy.

Los kantianos somos antieudemonistas (perdón por el palabro, me explico enseguida), es decir, creemos que se equivoca quien busca la felicidad. Hay cosas que no se pueden producir y por lo tanto no valen como objetivo ético. El sueño, por ejemplo, no sólo no se produce, sino que si alguien se empeña en dormir es probable que no lo logre. Para dormir hay que olvidarse del deseo del sueño. De la misma manera, para ser feliz hay que huir de la busca de la felicidad.

Muchas veces en la vida emprendí esta huida consciente de la felicidad. A veces, muy pocas veces, justo por huir, logré caer de lleno en ella. Como ahora contigo.


 

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