De siestas y de venganzas

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Son curiosas las palabras que el español ha dejado en otras lenguas: guerrilla, mosquito, liberal, siesta… Si mandáramos en lo que hablamos y en cómo llamamos a las cosas, yo propondría con toda seriedad que se prohibiera referirse con el término liberal a los conservadores norteamericanos y que se prohíba llamar siesta al sueño posterior al almuerzo en invierno.



Sigo viendo la tele. En la convalecencia, la prefiero a los juegos informáticos o a la navegación por internet porque no es interactiva, exige pasividad, no hay teclados ni ratones, favorece la siesta y engorda más que el tocino y tanto como el automóvil, con menos riesgo de sufrir accidentes. Un amigo artista me contó que, cuando dejó de fumar, pasó seis meses con el mando a distancia en la mano, en un sofá y sin trabajar ni un solo día. Lo mío no es tan grave, pero sí es cierto que acabar una novela tiene algo de convalecencia y de depresión post-parto. Todas las goteras mal tapadas durante la redacción se convierten en regueros de agua que inundan la salud.

Pero lo que quiero contarles es otra cosa. El lunes me quedé dormido durante el telediario de las dos y media y me despertó el soniquete de una telenovela cuando atardecía ya. Recordé una escena de Sleepers, una impecable película policiaca: el abogado le pregunta al padrino qué le ocurrirá si pierde un caso:

-Dormirás una larga siesta -le responde el padrino.

El abogado se ríe y dice que nunca había oído esa expresión. La sonrisa del padrino la reitera: una larga siesta. Y de invierno -habría añadido yo.

Cambié de cadena y fue entonces cuando lo vi: lo había esposado la policía, era un tipo violento, que mataba y daba palizas a sueldo. No se escondía de la cámara, tenía rasgos de pordiosero y lo que llevaba puesto sobre la camisa de pana era un chaleco de rayas. Sospecho que ese chaleco era mío. Era de Antonio Miró, rojo y de rayas negras, y bastante llamativo. Lo tiré en cumplimiento de una regla que leí en un libro de Feng Shui del que alguna vez les he hablado en esta columna, y en virtud de la cual hay que abrir el armario y deshacerse de la ropa que no te hayas puesto en los últimos dos años. Dejé de ponerme aquel chaleco porque un amigo dijo que parecía de mayordomo y otro día vi por la calle a un personaje redondito y malévolo, que llevaba puesto uno idéntico. Así que salió de casa en un saco de ropa usada.

En la novela de Saramago, José salva a su hijo de la matanza de los inocentes, se lo lleva a Egipto y, después, se siente invadido por la inmensa culpa de no haber avisado a sus vecinos de la aldea de Belén de que se acercaba la matanza. Muchos años después, Jesús comprende que ha heredado toda la culpa de su padre José, a través de las sandalias. De la misma forma, por culpa de una siesta impropia de invierno, alguien ha heredado mis peores instintos de venganza, a través de un chaleco.


 

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