De Sevilla y el mundo

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Una noche de Jueves Santo, oí a un sevillano que le decía a otro: “En el mundo hay muchas Vírgenes, pero en realidad Virgen no hay más que una”. Pensé por un momento que el hombre se disponía a abordar el problema teológico de las advocaciones de María, pero me equivocaba, porque de repente dijo que esa Virgen única era la Macarena. Yo no me hubiera llamado a engaño si él hubiera comenzado su frase diciendo “En Sevilla hay muchas Vírgenes…” Pero, en realidad, este sevillano, como todos estaba utilizando los términos ‘mundo’ y ‘Sevilla’ como sinónimos.

Iba yo una mañana por Plaza Nueva, para coger el tren de Sevilla. “¿Sabes qué es lo más ‘bonico’ de Sevilla?” -me preguntó mi amigo Paco. “Pues será… -dudé”. “La ‘salía’ p’a Graná” -me dijo riéndose. El chiste es esperanzador, porque de alguna manera es una auto-caricatura del granadino y, hasta hace poco, la “malafollá” granadina, no poseía un registro que le permitiera reírse de sí misma. A lo mejor este humor levítico que nos caracterizaba está evolucionando hacia formas más finas del humor judío. Y a lo mejor, puestos a soñar, se nos pega también de los sevillanos una cosa que se echa de menos por aquí: el patriotismo de ciudad.

Uno se trae siempre de Sevilla la sensación de que todo va bien. Hasta el calor. Al llegar a Sevilla le pregunto al taxista por el clima. “Estamos a 38, pero ya verá usted cómo refresca esta tarde”. Al volver a Granada le repito la pregunta al taxista: “¡Treinta y uno! ¡Y estamos en junio”. En temas municipales, se ve a las izquierdas sevillanas discutiendo sobre pavimentos, sobre el rostro del giraldillo o sobre los puentes que cruzan el Guadalquivir. En Granada, en cambio a las izquierdas no les gusta la inversión pública en el centro. Protestan si se plantan árboles en la Gran Vía y vienen a sostener que Granada no es el Albayzín, ni la Alhambra, sino Almanjáyar y el Zaidín. Sostienen en público que en el centro viven los ricos y que ya tienen bastante con lo que reciben. Fíjense que, según esto, debe de haber muy pocos ricos en esta ciudad porque, a continuación y en privado, todos los políticos locales reconocen que el centro histórico carece de interés electoral: en una manzana del camino de Ronda puede que haya más votantes que en todo el Albayzín. Las elecciones se ganan en el Zaidín, dicen, y no en el barrio que rodea a la Catedral. Uno se tendría que callar si los barrios no céntricos de Granada estuvieran mejor que los de Sevilla. Pero basta un paseo para darse cuenta de que no es así. A lo mejor resulta que invirtiendo en el centro se irradia riqueza hacia la periferia. Lo que se sabe seguro es que todos los granadinos cuando describen en Londres dónde viven, no dicen que habitan en la ciudad del Hipercor, sino en la ciudad de la Alhambra. Y, aunque una vez se vio a un turista por la avenida de Dílar, es más frecuente encontrárselos por el Generalife. Si a esto le añadimos el dato acerca de cual es nuestra primera industria, veremos que algo falla en el razonamiento de los políticos locales granadinos. Es verdad, por si fuera poco, que nunca se han ganado unas elecciones municipales en el Albayzín, pero no es menos cierto que unas al menos se han perdido en la plaza de San Nicolás. En fin, que no es que Sevilla tenga que dejar de creerse el mundo, es que tal vez los políticos granadinos deberían enterarse de por dónde va el mundo en el que viven.


 

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