De piedras y de olores

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A la vuelta del colegio, mi hijo trajo un tubo amarillo de plástico del tamaño de un brazo y un tornillo brillante y muy grande. Le pregunté por lo que pensaba hacer con eso y me respondió con naturalidad que pensaba atornillarse el tubo amarillo a la médula espinar, como hace el doctor Octopus en la película de Spiderman. La verdad es que no me pareció mala idea, aunque tardé un poco en comprobar por mí mismo que es imposible que alguien se atornille algo en la propia espalda. 



El caso es que me quedé mirando ese tubo y ese tornillo tan brillante, y comencé a comparar los objetos que mis hijos traen de la calle, con los que yo recuerdo haber llevado a mi casa cuando era niño. Me dí a pensar que es posible una suerte de arqueología de la basura que los niños llevan a casa.

 Cuando yo era niño me gustaban sobre todo las barras de hierro serpenteadas que recogíamos por las obras. En invierno servían para clavarlas en el barro y jugar a la lima. En verano servían para hacer espadas. Todavía, cuando las veo en las obras, no puedo evitar recogerlas y alguna debe de andar por mi casa. Por entonces, venían todavía los carros de la basura desde Armilla. Por mi calle pasaban dos: uno azul, que era el que paraba ante mi casa, y otro rojo que iba por la acera de enfrente. El basurero que llevaba el carro rojo tenía bigote y sombrero, y se reía mucho. El mío en cambio, era más serio pero lo recuerdo como si lo estuviera viendo: era un hombre grande, vestía una especie de mono grisáceo del mismo color que el pelaje de la mula que tiraba del carro, tenía la piel cuarteada y le faltaban dientes. Un día de verano, el basurero me llamó y me entregó un soldado de plástico de los que salían en los botes de detergente. Estaba un poco chamuscado, pero a mí me pareció un regalo espléndido. Dí botes de alegría y aquel verano esperé cada mañana a que apareciera el carro azul. Llegué a la conclusión de que me acordaba bien de todo aquello por los olores. Dicen que el olfato es el más primario y potente de los sentidos y en mi arqueología comparativa pensé que sólo ha cambiado el olor: antes la basura olía a basura y ahora huele a química.

Al poco tiempo cambié de opinión. Desde que era muy pequeña, mi hija vuelve del colegio con los bolsillos cargados de piedras. Al principio, yo pensaba que esas piedras habían cumplido finalidades ofensivas, porque a mí me dieron una pedrada en la frente a los ocho años. (Aún conservo la cicatriz y, si cierro los ojos y me concentro, soy capaz de revivir el pinchazo de la pedrada en mi ceja derecha y el tacto espeso y caliente de mi propia sangre). Pero no, pronto comprendí que las piedras en los bolsillos de mi hija no sirven ni para atacar ni para defenderse, sino que cumplen funciones de otro tipo. Y es que cada piedra tiene asociada una historia y un catálogo de usos imposibles. Una tarde, traía una apretada en la mano. Le pedí que me ensañese la piedra y ella me respondió que no era una piedra, sino una mariposa. Abrió la mano y, en efecto, aquella piedra tenía algo de mariposa, porque tenía pintas rojas y era más estrecha por el centro que por los lados. Como la piedra estaba descascarillada en uno de los lados, le dije que habría que curarle el ala a su mariposa. Entonces ella con toda naturalidad me explicó durante varios minutos que aquella mariposa había sido de carne, pero que ahora era de piedra, porque se posó en el hombro de una niña de su colegio que tiene poderes para convertir la carne en piedra, como los Pokemon, que tengo que comprarle sin falta, y que son los únicos que pueden curarle la herida del ala, siempre que tengan poder de curación, etcétera… Así durante varios minutos y yo escuchándola con la boca abierta.

Ustedes dirán que exagero, pero para mí que aquella piedra salió volando por una ventana de mi casa con el ala curada y sin ganas de volver al patio del colegio de mi hija. En todo caso, esto sería tan verosímil como la idea de que la memoria reside en el olfato.


 

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