De sinvivires y de cuando noestásenloqueestás

El italiano es una lengua que llama ‘rumore’ al ruido. El francés es la lengua en la que uno piensa cuando dice libertad (no es lo mismo “liberté” que “freedom”) o república (no es lo mismo “republique” pronúnciese ‘guepiblik’, que “Bundesrepublik”) y el alemán es admirable porque atornilla palabras, prefijos y sufijos como si fuesen piezas de un meccano. El español en cambio es una lengua terrible que no permite atornillar casi nada. Con las excepciones conocidas de ‘correveidile’, ‘bienestar’ y ‘malestar’, poco más se puede pegar en nuestra lengua.



 

Los correctores ortográficos que llevan incorporados los actuales programas de tratamiento de textos agudizan este problema. Son como censores que te subrayan en rojo palabras que deberían escribirse pegadas y sin guión, porque como palabras unitarias se las hemos oído a nuestros mayores. Por ejemplo, dada determinada situación agobiante, se podría decir y se dice que es un “sinvivir”; un hijo adolescente y calavera es sin lugar a dudas un “sinvivir” para sus padres, y el ruido del botellón nocturno es un “sinvivir”para los ciudadanos, por más que los jóvenes italianos que participan en la movida granadina puedan hablar del “rumore del botiglione” (no me digan que no es preciosa una lengua que llama así a lo que nosotros pronunciamos como “rrruído-der-boteyón” ). Bueno, pues no, resulta que el corrector subraya en rojo la palabra “sinvivir” y te sugiere que escribas “sin-vivir” lo cual, como ustedes apreciarán, no es lo mismo, porque un sin-vivir es un muerto y los “sinvivires” son cotidianos a los vivos.

Mi amigo Lucas está tan estresado que es incapaz de pasear despacio o de terminar un tema de conversación. Camina un metro por delante de su acompañante y cada día le cuesta más saludar a los conocidos. Dos síntomas infalibles. En las barras nocturnas, con un whisky bebido y otro en la mano, puede llegar a reconocer su propio estrés. “No sé explicartelo -me dijo el otro día-, pero el estrés es como si te doliera todo, pero sin que te duela nada”. No tuvo que explicarme mucho más, porque yo también he padecido el estrés y sé que es un malestar difuso, que no llega a ser un ‘sinvivir’, en la lengua de nuestros mayores, porque el “sinvivir” tiene una causa y el estrés no. Tampoco es un malestar, porque el propio malestar se reconoce enseguida y el propio estrés exige un par de whiskys, o siete, para pillarlo. Creo que el término justo para describirlo es “sinestar”. El estresado no está bien ni mal, simplemente no está. Te mira y está mirando un punto remoto que hay por detrás de ti. Te pregunta por cortesía que como estás, le respondes que treinta y nueve de fiebre anteayer y, diez minutos después, se sorprende porque no le has dicho que has pasado la gripe. Su estado natural es la actividad, pero le resulta imposible acabar nada. En el cine, no deja de moverse en la butaca, pero al salir dice que la película le ha parecido ‘lenta’. Una vez leyó una novela negra trepidante y le pareció ‘densa’. Otros dos síntomas infalibles. El estresado está condenado a olvidar los mejores momentos de su vida: no recuerda la primera palabra que dijo su hijo, no sabe cuando cumple años su mujer y olvida que el Fulano al que va a rendir pleitesía hace nueve meses que ya no manda en lo que mandaba.

Lo peor es que el estrés se pega. Así que la próxima vez que oigan a un amigo decir que una película es “lenta” o un libro “denso”, vacúnense. Vayan a verla o léanlo, porque seguramente no es un problema de la película o el libro, sino de su amigo. Es más, es probable que lo que le pase a su amigo estresado es lo que nos decían nuestros maestros cuando, en la escuela, nos distraíamos: “¡Niño, es que no estás en lo que estás!”. Otra frase que debería poder atornillarse como si fuera una sola palabra: no-estar-en-lo-que-se-está, es decir, en la lenta y densa vida.


 

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