De manzanas y de serpientes

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 A veces, sólo a veces, un pensamiento no provoca nada.  ¿En qué estaría yo pensando cuando sonó el teléfono esta mañana y eras tú?

¿Adónde irán los pensamientos olvidados? ¿Adónde irán los besos que no dimos? –se preguntaba el cantante Víctor Manuel. “Maldigo el viento que viene y se lleva mis pensamientos” –cantaba, con más acierto, Medina Azahara. El caso es que tú llamas y me tientas con una historia muy bonita de manzanas y serpientes, pero eso me provoca un olvido. Y ahora, aquí me tienes, dándole vueltas a ese olvido, por si lo olvidado fuera el tema de este artículo que no sale. No es que yo quiera culparte del retraso del día. Hace años trabajaba en casa una señora que subía las escaleras de mi estudio y decía: “¿qué ponemos hoy?” Esa pregunta, que yo nunca sabía responder, significaba veinte minutos de trabajo perdido.  

Y me cuentan que hace más de cien años una bisabuela adolescente “perdió el hilo” de una conversación porque vio pasar a un moreno de verde luna. Con los años, aquel muchacho se convirtió en el bisabuelo del sombrero, el del retrato que hay colgado en el salón. Y ese del retrato con bigote, corbata y alfiler es tu bisabuelo no sólo porque pasara por aquella calle de un pueblo de la vega a la hora fresca de un largo atardecer de verano y fuera visto por una zagala adolescente, sino también y sobre todo porque tu bisabuela perdió el hilo de una conversación. Eso somos tú y yo: biznietos de un olvido.  

Al novio de tu abuela lo mataron en la batalla del Ebro y por eso se casó con tu abuelo, que a su vez dejó a una novia en la Valencia republicana. En la guerra de Cuba, sin ir más lejos, una joven de tu estirpe le mandó un retrato a un soldado y la madre de aquella muchacha montó en cólera porque pensó que el novio podría manosearla y besarla sin matrimonio. Pero para que la tatarabuela pudiera pensar eso, tuvo que haber creído que los retratos roban el alma y, para poder abominar así de las imágenes, hizo falta que Arrio escribiera lo que escribió e hizo falta el tiempo circular de los estoicos y el propio concepto griego de alma y el propio concepto de concepto. E hizo falta Adán que, en realidad, es mi descendiente. Y Eva que, en realidad eres tú, la que me llamó esta mañana para provocarme un olvido y para decirme eso tan bonito que me has dicho sobre la manzana que te ofreció la serpiente tentadora de la vida.  

 


 

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