De maletas y alacranes

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La primera frase que tu pareja te diga tras volver de las vacaciones te condicionará el resto del año. Nosotros volvimos ayer de la playa. Ya se imaginan, la vida es dura para todos. Primero hubo que descargar el coche: las maletas familiares, como es sabido, se reproducen en los climas húmedos y cálidos de las playas. Este año las maletas de mi familia han tenido una camada de productos náuticos: una barca hinchable, cuatro remos (no dos, sino cuatro como si fuéramos pulpos), aletas, dos tablas de surf, gafas de buceo, dos tubos para respirar y una suerte de flotadores estirados a los que los niños catalanes llaman “macarrones” y los nuestros, tan étnicos ellos, “churros”….

Después hubo que colocar todo esto en los trasteros donde pasarán el invierno. En realidad, para los productos náuticos los trasteros de interior no son hoteles de invierno, sino tumbas. Es demostrable que cuando el año que viene busquemos las chanclas hawaianas la goma se habrá podrido, y que los botes abiertos de crema protectora, factor 25, habrán generado una especie de moho azulado a situar entre el reino animal y el vegetal. Pero a mí ayer se me ocurrió decir que antes de colocarlos en el trastero podríamos tirar a la basura una pelota pinchada de voley-playa y una pistola de agua agujereada, y aún me duele la mirada reprobatoria de mis niños.

Colocados todos los cachivaches en la tumba del trastero, hubo que ir al supermercado y preparar la cena. Pero cuando fuí a utilizar mi añorada Thermomix, encontré en ella un alacrán. Que sí, que esto no es literatura. Les explico: por el desierto de Tabernas un día vimos a un alacrán que perseguía a una araña. Ustedes dirán que ya estoy delirando, pero no, en el desierto pasan estas cosas. Para más detalles: la araña, que era enorme y me atrevería yo a decir que era el último ejemplar de la tarántula europea, se fue a refugiar en una zapatilla de deporte. Ese fue su fin. Allí mismo el alacrán le metió su veneno. Claro que el propio alacrán ya no volvió a salir con vida de la zapatilla. De eso, les ahorro detalles, se encargó mi hijo Pepe. Encerrados en un bote, viajaron hasta Granada los cadáveres del alacrán y la tarántula. Y claro, ayer había que embalsamarlos. No me pregunten qué papel podía desempeñar la Thermomix en la momificación del alacrán. El caso es que allí estaban el escorpión y la tarántula cuando yo anoche fui a preparar la cena. Por más que fregué el vaso de la Thermomix, nadie se atrevió a probar mi sopa de verduras.

Esta mañana todo tiene un aire irreal, como cuando tienes resaca. “Buenos días. Hay que cambiar el frigorífico –me acaban de decir mientras desayunaba. La puerta no cierra bien. Suelta agua y está levantando el suelo de la cocina”. Ha sido la primera frase tras el retorno de las vacaciones. Así que ya sé que todo el año me dedicaré a cultivar mi relación neurótica con los electrodomésticos. Otro día les contaré lo de mi cafetera. Ahora no puedo. Me voy a comprar un frigorífico. La vida es dura y más cuando acaba el verano.


 

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