De los ausentes

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El lunes llegó mi novela a las librerías. Me enteré por la tarde. Estaba yo esperando a mis hijos en la parada del autobús escolar en la Gran Vía y Claudio, el librero de Atlántida, me llamó para que entrara y se la firmara al primer comprador.



Ahí experimenté por primera vez la sensación de que esta novela me ha llamado a mí para ser escrita. El que esperaba a los niños en la parada del autobús es mi yo biográfico, el que entró para dedicar una novela es mi yo literario. Este segundo es una función de lo que escribe y no al revés. No me gusta el irracionalismo, pero es como si el tiempo o lo que Hegel llamaba el espíritu de la época, me hubiera dicho: ahora tienes que escribir esto. Es como si la lengua o lo que Heidegger llamaba el cofre de los muertos me hubiera dicho: tienes que escribir esto así.

Esa misma tarde, una conversación telefónica con Antonio Enrique me agudizó esta sensación. Me dijo que en la portada de mi libro están el rojo, el blanco y el negro, que son los tres colores iniciáticos. Añadió que había aprendido de Vicente Aleixandre que el libro que contuviera en armonía los tres colores estaba llamado a ser leído, no por muchos, sino por los que merecen ser iniciados. Imaginé al poeta en su casa de Wellingtonia 3 recibiendo a Antonio Enrique, hablando sobre iniciaciones.

Hace treinta años, estudiaba yo en el Instituto Padre Suárez y gané un concurso de redacción. El premio era un vale para comprar el libro que quisiéramos en la librería próxima: compré mi primer libro de poesía. Era de Vicente Aleixandre, lo conservo y contiene un verso que define así la vida: “entre dos oscuridades, un relámpago”. Lo reproduzco sin comillas en la página 175 de Zawi. Fue durante mucho tiempo el final previsto de la novela. Ahora termina con Federico.

La lengua nos impone su tarea mágica. Leemos y vamos destejiendo el universo: aprendemos que esta plaza está aquí por infinitas causas que a su vez son efectos. Vemos a un hombre que  hace mil años sube a caballo por una colina, funda una casa, un alcázar y cultiva un jardín que después es un barrio, que después es una ciudad. Y  la vieja alcazaba es causa y efecto de aquel paseo de dos niños, de tantos besos furtivos, de un hijo, de una muerte, de una cara bella sobre la almohada, de una terrible guerra… Leemos, escribimos y vamos viendo las ramificaciones infinitas, el nudo intrincado de relámpagos que se pierden en ese vértigo sin fondo, el tiempo.

Hoy viernes, presentaremos Zawi en Granada. Lo harán Blanca Rosa Roca, Andrés Sopeña, Antonio Enrique y Miguel Fernández. Estarán presentes también muchos lectores, otros escritores y amigos del alma. La presencia de los ausentes la garantiza cada una de las palabras del libro. Al fin y al cabo lo han escrito ellos, Vicente Aleixandre o Federico García Lorca, todos los muertos, es decir, nosotros, el tiempo.


 

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