De la píldora roja y del amor

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La semana pasada, a mi teléfono móvil le entró arena en la playa y se rompió. No me pareció del todo mal. Pensé que era la voluntad de los dioses del Mediterráneo. Peor me sentó que la misma arena me rayara el cristal de las gafas, porque pensé que algún dios menor quería nublarme la vista al leer. A quien no le pareció bien mi demora intencionada en arreglar el teléfono fue a mi amigo Lucas: derrotado por una crisis matrimonial, había escapado en coche de su ciudad y andaba desolado por carreteras y hostales de la Costa del Sol.

Cuando por fin dio conmigo, vino a verme y me contó los detalles de su crisis definitiva. Oyéndolo me parecía una historia de play back: alguien dictaba en la sombra y Lucas sólo movía los labios. Me contó las causas y el fundamento de su ruptura matrimonial. No les puedo contar a ustedes las causas por la simple razón de que son tópicas y anodinas hasta el cansancio. Sócrates murió por causa de la cicuta, pero el fundamento de su muerte fue la distinción entre el bien y el mal. Por eso sí me gustaría intentar explicarles el fundamento de la ruptura de mi amigo Lucas.

Mi amigo siempre fue un cultivador del pensamiento positivo, de la filosofía del “déjalo pasar”, del “no preguntes” y del “buen rollo”. En el lenguaje de Matrix, Lucas era un decidido partidario de la pastilla azul: vive en la ilusión, renuncia a saber, pero sé feliz. Hace un par de semanas un reajuste de su equipo informático, telefónico y televisivo le puso delante de sus narices una serie de documentos que eran la verdadera historia de su relación de veinte años con ella. Fue como un accidente farmacéutico: en términos de Matrix, Lucas se tomó sin querer la pastilla roja, la que muestra la verdad, sin garantizar la felicidad. Y ahora su gran herida no es tanto la que le deja el puñal de la traición, sino la que le ha ido dejando durante años, la ignorancia, su debilidad moral, y la incomunicación. La primera se puede curar. La segunda, a determinada edad, es irreversible.

Lucas ha vuelto a irse en busca de los néctares de los dioses por la Costa del Sol y yo, por unos días, me he quedado solo en Granada. Agosto es un mes tan fuerte y real que, aunque te encierres, te encuentra. Tengo ardor de estómago, como siempre, y una sensación de hiperrealidad, como nunca. Y se puede ser metódico con lo habitual, incluso con el ardor de estómago o con el dolor de cabeza. Pero no se puede ser metódico con lo inusual: con estas ráfagas de realidad que agosto nos trae y con estas historias de playback que nos cuentan los amigos. Así que si su amigo o amiga pasa de los cuarenta y tiene mal de amores, mándenlos a emborracharse como todo el mundo, pero no los dejen decir ni una palabra más si no es delante de su abogado. No olviden que toda historia de amor es una historia cansina y repetida. Y, sobre todo, si al teléfono móvil le entra arena, déjenlo en la playa, no lo recojan. Tal vez un día, algún paseante lo oirá sonar y lo desenterrará para escuchar el enésimo relato del desamor contado por un dios menor del Mediterráneo. El paseante sentirá entonces la fuerza desgarradora del puñal de la tristeza y el sabor amargo de la píldora roja. Esa que se llama realidad y que aparece siempre cuando el amor se va.


 

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