De la luna y el pirarucú

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El lunes cumplía años lejos de casa y mis hijos me telefonearon para felicitarme. Mi niña me contó que había habido un eclipse y que lo había visto en el colegio a través de un telescopio. Mi hijo añadió que la luna se puso delante del sol y que habían utilizado gafas y una “caja negra”. Los dos se quedaron muy sorprendidos de que yo no hubiera visto el eclipse porque estoy en el hemisferio sur. Y yo me quedé echándolos de menos e imaginando cómo podría ser una caja negra que sirva para mirar un eclipse.

Llevo dos semanas viajando por universidades del sur de Brasil y estoy a punto de perder el asombro y de comprender por qué el realismo mágico no es tan mágico. Por ponerles un ejemplo menor: para mi cumpleaños, unos amigos me regalaron un palo de guaraná amazónico. Según ellos, hay que tomarlo en ayunas. Se llena medio vaso y sobre él se va rallando el palo de guaraná hasta que el agua se pone del color de la madera y adopta el sabor de la larga vida. Pero no se usa un rallador de pan o de queso, sino el que ellos también me regalaron: es el hueso de la lengua de un pez llamado pirarucú. Han leído bien: hay lenguas con hueso, los peces tienen lengua y hay especies en este planeta que llevan el inabarcable nombre de pirarucú. Y mis amigos brasileños que no acaban de entender a qué viene tanto asombro de mi parte.

Iba yo ayer en un avión, cuando mi compañera de asiento señaló algo en el horizonte. “Es la luna” –dijo con naturalidad. Cuando miré por la ventanilla vi, en efecto, una luna, pero no era creciente, ni menguante, ni llena, sino una media luna tumbada. Llovía en Porto Alegre, pero cuando el avión cruzó las nubes volvió a aparecer el sol. Atardecía y sólo la mitad inferior de la luna estaba iluminada. Parecía una barca de luz surcando las nubes. “É uma lua” –repetía mi colega con normalidad, como si este planeta tuviera varias y como si no alcanzara a ver cuál era la causa de mi asombro.

Cuando terminó de traducir el Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein, Tierno Galván escribió un librito llamado “La realidad como resultado”. Allí el viejo profesor venía a decir que somos animales que hablan, que la realidad es un resultado del lenguaje y no al revés, y que la palabra precede al ser. Creo que son tesis acertadas, porque no existía el hueso de la lengua del pez llamado pirarucú hasta que alguien le explicó a un amigo que servía para rallar el guaraná de la larga vida. No existía la media luna tumbada hasta que alguien la llamó barca luna. No hubo eclipses anulares en mi vida hasta que me lo contaron mis hijos. No existe el hemisferio sur, sino lo que mis niños han pensado de un sitio en el que su padre no puede ver el eclipse, ni entender qué cosa será una caja negra para mirarlo. Y, sobre todo, la vida sería insufrible si no hubiera alguien que te pregunta cuando vuelves, un pez llamada pirarucú y dos niños dispuestos a creer que el domingo no llegas en avión, sino surcando las nubes al timón de una barca hecha de sur, luna y eclipses.


 

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