De la Gran Vía y de su alma

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Lo pretérito subsiste en la vida psíquica. En el alma el pasado no siempre está condenado a la destrucción. El niño que fuimos, aquel inmenso dolor de la primera traición, un ataque de nervios, los placeres del atardecer, la soledad o la desdicha, todos los recuerdos y los olvidos… Todo eso puede volver a acontecer en nuestra mente. Y no sólo nuestro pasado. También somos el miliciano de hace ahora ochenta años, el rabino expulsado, el fraile tonsurado, la mujer del guerrero, la poetisa Wallada en los jardines de Córdoba, la reina Medea, Gárgoris y Edipo, Habis en Ronda, Caín y Abel.

Y no sólo el pasado que nos habla, también el silencio de Altamira y Atapuerca, el homínido que sigue el rastro de un tigre con dientes de sable por las praderas verdes que hoy se llaman Orce, el primate que acecha en la rama y el que nos cae sobre la espalda. Y nos habita un mamífero y la primera célula eucariota que flota en la sopa originaria.

Todo eso llevamos encima, todos esos antepasados nos habitan y todo eso, si se dan condiciones, nos puede reaparecer en el mismo centro del alma. Para explicar esto, Freud usa a contrario el ejemplo de la Ciudad Eterna: nada queda de la Roma quadrata en el monte Palatino, sólo quedan ruinas de la Roma republicana. Si Roma fuese un ente psíquico –fantasea Freud- veríamos las estatuas que demolieron los godos, la casa dorada de Nerón, el templo de Júpiter, un jardín en verano iluminado por antorchas y una empalizada originaria hecha de cañas y barro. Si nada de esto vemos, es porque la ciudad no tiene alma, no es un sistema psíquico, es sólo el entorno problemático de nuestro sistema psíquico.

Ciento diez años después, un alcalde toca por primera vez la estructura de la Gran Vía. Nunca volveremos a ver el Zacatín cruzando hasta la placeta de Cuchilleros, nunca oiremos los gritos juveniles tras las tapias altas del palacete arrasado, nunca la callejuela confusa que bajaba desde el Arco de Elvira y terminaba en una placeta de geranios y jazmines. Eso es verdad, la ciudad es irrecuperable, Granada también. Pero al ver el proyecto de reforma de la Gran Vía, con sus aceras europeas y sus árboles de sombra grande, a muchos se nos ha alegrado el alma. Mejor dicho, se nos ha alegrado aquella parte de nuestra alma que no es cateta, ni destructiva, que es Ganivet en París, Federico en Nueva York, el rey Ismael frente al mar y, en el patio de la sinagoga, el nagid Samuel mirando la fuente de los leones y pensando en el mar de bronce del gran templo de Jerusalén. Si la obra concluye, si llegan a desaparecer esas espantosas vallas verdes que impiden al ciudadano afrontar la calle Oficios, si vuelven los tranvías parsimoniosos y si la Gran Vía vuelve a ser al menos una calle, entonces algunos –sólo algunos iremos a una tumba del cementerio: “No todo está perdido en Granada, don Ángel –diremos-. Ciento diez años más y desentubamos el río Darro.”


 

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