De la ciudad triste

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El alma humana tiene casas, habitaciones y ciudades. Tiene calles y plazas serenas, tiene adoquines donde retumban los carros de los recuerdos y tiene patios traseros, oscuros y húmedos. El alma también tiene comarcas de amor, regiones de olvido, naciones minerales, patrias de ruinas y matrias de mar y recuerdos. Ninguna alma libre tiene, por el contrario, provincias. Tampoco estados. Las provincias son apéndices deseados de un estado de vocación absoluta. Los estados son usurpadores de patrias, otorgadores de identidades impostadas.

He pasado unos días en la ciudad de Limoges en el centro de Francia. Acudimos a un encuentro académico y antes de salir nos advirtieron de que a esa ciudad la llaman la “ciudad triste”. Es bella, pero hay en ella algo desolador: es provincial. De manera rotunda Limoges es una ciudad provincial, lo cual es una contradicción en los términos.

Nos dijeron que nadie pasa allí más de dos días, que está perdiendo población. Se intuye que Limoges es así para que París pueda seguir siendo tan central, tan París en nuestras vidas. Limoges es vasalla como toda ciudad continental francesa (acaso salvo Marsella e incluida Bruselas) de París. El vasallaje en la vida nunca tiene premio, entre ciudades tampoco. La ciudad que renuncie a la capitalidad dejará de ser ciudad, se convertirá en apéndice triste de un estado central.

Madrid quisiera ser París, Madrid quisiera tener provincias, pero las Españas no aceptan la comparación, somos gentes libres, fuimos gentes de luz y tenemos almas humanas. Lisboa abierta al mar no es provincial, Barcelona tampoco, Sevilla encerrada en su mundo menos, Cádiz hasta se ríe, Córdoba convalece altiva siempre en su dolor.

Alguna provincia queda en Las Españas, alguna Vetusta sumisa al estado que articulara aquel rey Felipe, el del Escorial de las pesadillas, alguna capital del alzamiento y alguna villa de descanso para cortesanos. Pero por fortuna, Granada es capital, mira al cielo y escapa por arriba, es ciudad ciudadana, valga la redundancia, no es vasalla. O al menos eso quisiéramos creer los visitantes de Limoges.


 

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