Del diablo y la tercera dentición

267b1948fa84309bc99f9c0289cabe44

Acabo de leer que la investigación con células madre logrará que, a medio plazo, los humanos tengan una tercera dentición. Me parece que esta es la prueba definitiva de la existencia del diablo. 




La fantasía de la tercera dentición ha habitado en la mente de todos los patriarcas, dictadores, cónsules y emperadores ancianos de todos los tiempos. Y parece que por fin han logrado que el demonio cumpla su parte del trato y les entregue la dentadura blanca y perfecta que sea reflejo de su poder sin límites.

Pero hay una prueba más determinante de que el diablo existe: leo un informe sobre la producción avícola y me entero de que las gallinas son tratadas como máquinas bióticas: tantos kilos de pienso se introducen por el pico de la máquina y devuelve tantos kilos de carne, y la clonación de las gallinas sustituirá, a medio plazo, a la reproducción por huevos.

Esta sí que es la prueba definitiva de la existencia del demonio.

En los años sesenta, en mi barrio había un cine. Me parece que se llamaba “Cinema Trébol”, pero no estoy muy seguro. Da igual: era el cine por excelencia, hasta el punto que daba nombre a la calle en la que estaba, que era la única asfaltada del barrio y que aún es llamada por los mayores “la calle del cine” en lugar, de calle de los Jilgueros, que es su nombre oficial.

En los años setenta, este local se convirtió en una granja avícola. Los niños no supimos apreciar lo demoniaco de aquella transformación. Seguíamos jugando al fútbol en la calle asfaltada, a las puertas de un local que cada vez nos parecía más pequeño y, de vez en cuando, veíamos llegar a unos extraños individuos. No hablaban ni una palabra en español, sonreían sin parar, de una forma que nos parecía excesiva, y los adultos los llamaban “los coreanos”. ¿Qué cosa sería un coreano? Desde luego algo mucho menos real que un chino. Si fueran chinos los llamarían así. Había además por entonces dos referentes claros de la imagen del chino. Uno era Fumanchú al que veíamos en la pantalla de aquel cine que era ahora granja, y otro el chino amarillento de las huchas de barro del día del Domund. Ambos tenían coleta y gorrito y, sin embargo, aquellos coreanos sólo tenían una sonrisa inquietante con la que saludaban a todo el mundo, incluidos nosotros, los niños que jugábamos al fútbol y a los que nadie había saludado jamás con inclinaciones de cabeza y sonrisas tan francas.

Un día circuló el rumor por el barrio: aquellos coreanos eran poseedores de un conocimiento técnico sobrenatural. Venían de vez en cuando, entraban en una dependencia de la granja avícola, en la que nadie había estado nunca y que tenía el misterioso nombre de incubadora, se sentaban en un taburete e iban abriéndole las patas a los pollitos recién salidos del cascarón. En una canasta ponían a las hembras, que se convertirían en ponedoras y en la otra a los machos inservibles. Cuando terminaban, para quedar bien con los niños que jugábamos al fútbol nos sacaban a los pollitos machos y nos los regalaban, siempre entre sonrisas destellantes e inclinaciones de cabeza. Los pollitos vivían apenas unos días, pero daba igual, los niños son inmortales. Nos acostumbramos a correr por las calles seguidos por bandadas de aquellos seres minúsculos y amarillos que no merecían ni siquiera la disección que le practicábamos a lagartijas o renacuajos. Pero sucedió que uno de aquellos pollitos sobrevivió. Al parecer, los coreanos se habían equivocado y me habían regalado una gallina. Comenzó a crecer en el patio de mi casa y allí pasó unos cuantas semanas; Solía visitarla a la vuelta del colegio y pronto recibió un nombre: se llamaba Cloti.

Un día, durante el almuerzo, mis hermanas comenzaron a bromear: “¿A qué no sabes lo que te estás comiendo?” -me decían. “Que os calléis, niñas” -decía mi madre. En efecto, me estaba comiendo a Cloti y, como se sabe, las cosas con nombre propio no se pueden comer. Desde entonces hasta hoy, no he vuelto a probar la carne de pollo. Y ahora, cuando pienso en todo esto, recuerdo como si la estuviera viendo, el destello de la dentadura grande e impecable del que me regaló a Cloti.

Estoy seguro de que aquel coreano ya había tenido una tercera dentición.


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>