De fotografías antiguas

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La Asociación de Vecinos del Bajo Albayzín nos pide que busquemos y le remitamos fotografías antiguas del barrio y de sus habitantes. Imagino que no aparecerán demasiadas, y que volveremos a ver la Cuesta del Chapiz escalonada, a un hombre con sombrero y capa subiendo por la Carrera, una escena de baile en San Nicolás y un tranvía dando la vuelta en Santa Ana. Veremos también a nuestros antepasados en sus retratos serios sin muecas ni disfraces, fotografías de tiempos en los que no cabía el exceso, ni el desperdicio, tiempos en los que a nadie se le ocurría aparecer inflando los mofletes o contorsionando los michelines.

Nosotros ya no tenemos fotografías como las de los que nos antecedieron. Tampoco tenemos serenidad ni paciencia para recordar toda una vida mirando dos o tres láminas, como pudieron hacer los que se fotografiaron a tiempo sobre un caballo de cartón, con un bañador de rayas, vestidos de novios y en el último bautizo en el que actuaron como padrinos. En las fotografías de nuestros mayores se aprecian cuerpos que fueron rotundos o livianos, felices o desdichados, sanos o enfermos. Y es por eso por lo que sabemos que los dientes de nuestro hijo son iguales que los de una bisabuela que se fue a Cuba o que esa tendencia a acercar las pupilas de nuestra hija viene de esa tía-bisabuela cuyo retrato cuelga junto al reloj de péndulo y a la que siempre llamamos la chacha Paca. Son fotografías hechas con pose y sin naturalidad, porque la fotografía es arte y el arte es artificio. Son fotografías que se dejan cubrir por las capas del tiempo, con naturalidad, hasta ajarse, hasta sólo dejar una mirada liviana que quiere ocultarnos que nuestras vidas ya fueron vividas y nuestras decisiones ya fueron tomadas por nuestros muertos.

Si dentro de un siglo alguien mira las fotografías de nuestra generación se verá algo muy distinto: colorines y exceso, barrigas y calvicies. Tenemos tantas fotografías que cuando nos buscamos en ellas no nos encontramos. Son secuencias en el ordenador, fotografías feas, con los ojos cerrados, con los ojos rojos, tantas que ni las vemos, tantas que ni siquiera sabemos romperlas. Cabe la remota probabilidad de que nuestros descendientes recuperen esa continencia de la forma que caracterizó a nuestros antepasados. Si eso ocurriera nuestra generación será vista como una generación de excesos y destrucción, de incontinencia y grosería. Si nuestros herederos son capaces de rebuscar en las montañas de nuestras fotografías familiares nos consideraran una generación sin arte ni norte y eso si es que son bienpensados. Por eso, más vale que empecemos a destruir nuestras fotos y a devolver la serenidad y la vida a nuestras calles.


 

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