De duendes y unicornios

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Mis dos hijos llevan una temporada con el siguiente debate: la pequeña sostiene que en el jardín de su colegio vive el duende de los cumpleaños. El mayor repone que no existen los duendes. La pequeña usa entonces un argumento de autoridad: el duende existe porque lo dice Charito, que es su maestra. Y el mayor pide mi intervención: “Papá, ¿a que no existen los duendes?” “Existir existen —aseguro yo—, lo que pasa es que no son reales”. Conmoción en ambos. “Es que —añado casi como excusa— no todo lo que existe es real, por ejemplo, la línea del horizonte existir existe, pero no es real”. “¿Has visto como sí existen los duendes?” —desafía la pequeña. “¿Has visto como sólo existen en el mundo de la imaginación?” —se empeña el mayor.



Hubo siglos en que debates de este tipo cambiaban la historia. Pocos miles de bereberes al mando de un andaluz de Ceuta cruzaron el Estrecho en 711 y conquistaron Toledo, para negar la divinidad de los profetas y mostrar que Dios es uno y no trino. Los cristianos de los siglos II y III se enfrentaron entre sí por la lectura del logos platónico. Hoy, en cambio, parece que todo debate es un debate estéril. El teólogo Tamayo ha sido acusado de arrianismo por el cardenal Ratzinger y las masas no han irrumpido en las librerías, ni para quemar ni para llevarse y leer sus libros.

Fíjense además en que si alguien deduce de la existencia de los duendes la realidad de los duendes, pensará también que si deseas algo entonces lo consigues. Tengo una amiga que hace conjuros: supongamos que usted quiere ser un arquitecto milanés de treinta y dos años, se pone junto a ella, lo desea con mucha fuerza y ya está, ya lo es. Y al revés: tengo un amigo que sostiene que nada existe si no es real. Le enseñas el dibujo de un unicornio y le preguntas: ¿existe este unicornio? Y va y dice que no, que los unicornios no existen. Mi amiga dice que como de Dios hablamos, Dios es. Mi amigo sostiene que como Dios no es palpable, no existe. Pero peor es cuando en vez de hablar de teología -que es de lo que a mí me gusta hablar- se ponen a hablar de política: la primera dice que si el universo lo deseara la guerra se acabaría, en vez de traer las tropas de Iraq lo que hay que hacer es rezar por la paz. No es política es deseo. El segundo sostiene que antes de traer las tropas hay que arreglar lo del suministro de petróleo. No es política es economía.

Como vivimos en la era de la biología, hay quien interpreta que la división del cerebro en dos mitades es la que determina el debate entre Platón y Aristóteles, Sancho y don Quijote, Hegel y Kant. Puede ser, porque a veces, si metes la cabeza bajo las sábanas, escuchas en el lado izquierdo del cerebro el galope de los unicornios, las risas de los duendes y el clamor de la justicia y, en el lado derecho, los silbidos torpes y sucios del realismo político.


 

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