Cuando siempre era viernes

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Al despertar de la siesta, veo la llamada perdida de un querido amigo. Lo llamo, pero como su teléfono está ocupado me pongo a pensar en el motivo de su llamada. Finales de julio, días previos a las vacaciones, seguro que se trata de un encuentro, una barbacoa de despedida o algo así. Él tiene tres hijos como yo, de manera que se tratará de un encuentro jaleoso con pizzas y ‘fantas’ en el que los adultos conversaremos bajo la continua interrupción del vaso de agua, de la rodilla desollada, del “niño, que te he dicho que dejes en paz a tu hermana”.

Veinte años no serán nada, pero hace veinte años una llamada de este amigo mío en los finales de julio habría significado una de tres: concierto de Radio Futura en Santa Fé, restaurante con mantel de cuadros rojos para hablar de la última novela pergeñada por alguno de los amigos o, lo más probable, copa en el Planta Baja con princesas impacientes que reirían nerviosas bajo la dura mirada de alguna novia incipiente. Así fueron los años ochenta y buena parte de los noventa. Una década en la que siempre era viernes. Una década también de tesis doctorales, oposiciones, becas y viajes, pero siempre con sabor a risa.

Creo que la década terminó un viernes en mi casa. Fue una fiesta gorda. En un momento alguien eligió un disco (todavía de vinilo) y lo bailamos haciendo temblar las estructuras del edificio. Era “La chica de ayer” y enseguida llegó la policía local advertida por los vecinos. Un final perfecto. Pero la década no terminó como aquella fiesta.

Comenzaron a llegar los niños. Entre los veinte asistentes a aquella fiesta debemos sumar ya la treintena. Sin darnos cuenta, poco a poco, dejamos de ser filósofos o literatos, y nos convertimos en padres de familia que buscan vivienda e hipoteca, que aparcan en la puerta de un colegio, que recogen a los propios y a los primos, que recorren la circunvalación arriba y abajo en busca de un local de cumpleaños con pelotas de goma.

Nuestros encuentros ya no eran canciones como aquella de “por la materia que me une a ti” o “son del color de tu ropa interior”, sino barbacoas de chalet o adosado con césped y familiares políticos de diversos grados. La policía local nos saludaba con amabilidad y a alguno de nosotros comenzó a cuadrársele la mismísima Guardia Civil. La mirada impaciente y maliciosa de las princesas, la mirada severa y seria de las novias, fueron reemplazadas por la mirada escrutadora de la suegra del cuñado o de la cuñada del suegro. Los tequilas con cerveza hasta perder el equilibrio fueron reemplazados por algún whisky con gambas, un día es un día.

En fin que aquello terminó y en todo aquello pensé mientras adivinaba el motivo de la llamada de mi viejo amigo. Después abrí el buzón del correo electrónico y allí estaba el motivo de la llamada perdida: antes de las vacaciones quería dejarme el teléfono de un profesional de Madrid al que debe llamar otro amigo. Ni siquiera una barbacoa con pizzas y jaleo de chiquillos.

Le respondí por escrito que esta historia me daba para un caorama. Éste es. Y acaso también es la prueba de que no está tan claro que hayamos empeorado de vida, porque ahora podemos contarlo y antes, cuando siempre era viernes, la vida no nos dejaba tiempo ni para contarla.


 

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