Una tela de saco

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La Alhambra es comparable con la Acrópolis de Atenas o con las pirámides de Egipto. La Carrera del Darro es el medio kilómetro más bello del mundo. El paseo de los Tristes es a Granada lo que la plaza de San Marcos a Venecia… Repitamos todo esto como profesiones de fe. Añadamos datos económicos para ser contemporáneos: la primera industria de la ciudad es el turismo, uno de cada cuatro andaluces vive directamente de él… Repitamos esta cantinela cuanto sea posible y, a continuación, una sola pregunta: ¿por qué narices una tela de saco, verde como un moco, cubre desde hace meses el paseo de los Tristes en toda su extensión?

Que nadie se excite, ni se precipite a responder. No digo yo que el paseo no necesitara una remodelación: estoy seguro de que sí. No digo yo que la producción del empedrado lleve su tiempo, estoy seguro de que sí. Que los sábados y domingos no se trabaja por convenio, que hay semanas que no llega el camión y no se puede hacer nada: que sí, que sí y que sí. Pero repito la pregunta: ¿cómo es posible exhibir durante meses más de cien metros de una tela de saco de color verde-moco bajo la Alhambra?

Que esto puede pasar en cualquier parte. Pues también. Sin ir más lejos, hace poco vi en Málaga una alambrada similar debajo de la alcazaba. ¿Pero cuál es la diferencia? Que a la economía malagueña la alcazaba del siglo XI, preciosa por cierto, se la trae al pairo, mientras que nosotros vivimos de la Alhambra. Que no es ninguna broma. Entérense de una vez, señores comerciantes contrarios a la peatonalización del centro, señores políticos dados al coche oficial, señores taxistas que abocinan a los turistas, señores concejales muy preocupados por los baches que pueden encontrarse los vehículos de los intrépidos conductores veinteañeros que recorren borrachos las calles del Albayzín de madrugada… Entérense de que ustedes y yo no vivimos de la industria siderúrgica, ni de la textil, que aquí no hay playa, que vivimos directa o indirectamente de la marca Granada, de la idea difusa y menguante en el mundo de que esta no es una ciudad cateta, sino florentina; de que no es una ciudad de bañador y yate como Marbella, sino de festival de música y sonetos; de que no es una ciudad de motos y bocinas, sino de verde luna y paseos bordeados de cipreses y palmeras.

Es verdad que la ciudad, así dicha es una cosa única y fuerte. No hay ciudades, sino ciudad. Después hay otra cosa que no tiene nada que ver con esto y que es cómo la ciudad se trata a sí misma, lo que la ciudad piensa, dice y escribe de sí misma. Paradójicamente Cádiz no es Cádiz, sino esa mirada de satisfacción de los gaditanos cuando pasean sus bártulos hacia la playa de La Caleta. Y Sevilla no es Sevilla, sino un mundo que empieza por primavera y termina por Triana.

Si la tela de saco verde que se extiende por el paseo de los Tristes hubiese aparecido en Sevilla, a lo largo de la calle Betis, o en París a la orilla del Sena, las cámaras de televisión local, los reporteros, los cofrades, el obispo, los vecinos y el común de los mortales hubieran montado un escándalo de tal calibre, que el sufrido concejal competente se habría acercado, comandando una cuadrilla que habría limpiado ese moco seco en un cuarto de hora. París, Cádiz y Sevilla son ejemplos de ciudades-mundo cuyos habitantes nunca piensan en huir, sino al contrario en volver. Madrid, por el contrario, es una ciudad-carretera, cuyos habitantes circulan sin rumbo por la M70, 80 ó 90 en automóviles-vivienda que de pronto llegan a Ávila, Sierra Nevada o Benidorm.

¿Y Granada? ¿Cómo será esta ciudad que tanto se maltrata a sí misma? ¿Qué podemos esperar de una ciudad cuyos prohombres más liberales persistieron durante un siglo hasta conseguir convertir su río en alcantarilla? ¿Qué podemos esperar de una ciudad cuya primera burguesía, creyó en serio que estaba construyendo los Campos Elíseos –un gran bulevar para una gran ciudad– cuando trazó la Gran (¿grande?) Vía, por sobre el casco histórico? ¿Qué podemos esperar de una ciudad cuyo gran bulevar vio caer sus edificios modernistas y vio emerger el edificio sucio del Banco de Granada o el edificio en forma de moco marrón que le pone colofón tras la estatua de Isabel la Católica?¿Qué podemos esperar de una ciudad que permitió que su nueva calle emblemática, la de los Reyes Católicos, se fuese convirtiendo en una calle estrecha y atiborrada de vehículos, que los peatones durante veinte años prefirieron cruzar a recorrer?¿Podemos esperar, al menos, que de vez en cuando se quite de la cara los mocos secos?

¿O ni eso?


 

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