Blas Infante y el misterio de Andalucía

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“Empezando a tomar la cuenta de la plaza estaba, cuando llamaron por la puerta principal y se presentaron por la falsa al ir a abrirla. El sargento Crespo, de Falange, y otro, y la casa rodeada. Llévense a Blas. Se lo llevaron junto con el aparato de radio y el altavoz. Los aparatos volvieron, pero él, no”.



Esto es lo que escribió en su agenda doméstica la esposa de Blas Infante. Diez días después, Infante fue asesinado en el kilómetro 4 de la carretera de Sevilla a Carmona. Al parecer, los disparos no acabaron de forma instantánea con su vida y aún pudo arrastrarse hasta la huerta de un convento de monjas.

Según la antropología, el ‘ser’ es valor frente al ‘tener’ en algunas extra as comunidades humanas. La andaluza es una de ellas. Blas Infante lo intuyó y llamó a esto el “misterio de Andalucía”. Nunca hubo una unidad política andaluza hasta la aprobación del Estatuto de Carmona. Sin embargo, el fatalismo alegre, el flamenco o la conmemoración de la muerte, por poner tres ejemplos, han delimitado una fortísima identidad cultural, de fronteras difusas y variables y sin soporte estatal. Esta cultura andaluza resiste incluso los envites de la globalización y ha resistido durante los últimos treinta a os la banalización planificada, la frivolización intencionada del estatalismo espa ol y el torpe reduccionismo de una progresía que quería negar la misma posibilidad de una cultura sin estado.

Y aquí seguimos, en la esquina del viento. Sentados en los caminos, los andaluces vemos pasar el tiempo que lo barre todo y se lleva los pensamientos. Andalucía es la gran encina irreal en cuyas ramas está Tartessos y la Bética, una fuerte influencia griega y fenicia, Cádiz milenaria, el califa triste en los jardines de Medina Azahara, la música de Ziryab, Roma y Jerusalén, el Estrecho, las minas de Hércules o la estrella de ocho puntas. Todo esto lo dice el himno de 1918 de manera más concisa: los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos, gentes de luz que a las gentes almas humanas les dimos.

Hace veintitantos años, el Parlamento de Andalucía aprobó por unanimidad el preámbulo del Estatuto que declara a Blas Infante padre de la patria andaluza. Es una forma de reconocer que a él debemos el planteamiento del “misterio de Andalucía”.

Acaso fue esto lo último que vislumbró la madrugada de tal día como hoy hace setenta años, cuando le negaron el agua, se arrastró hasta el abrevadero de las bestias y expiró antes de alcanzarlo.


 

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