Bilbao: un viaje al siglo XX

a67e9d105d87a83c2081372f8c241cc4

Invitado por mis amigos Joseba y Berta y acompañado por Silvia de Rocaeditorial he visitado por primera vez Bilbao. Nunca había ido en cuerpo a esa ciudad pero, más que una ciudad, Bilbao es un siglo.



Más que con el cuerpo que camina por las calles, los siglos se visitan como los mares: surcando la lectura. La ciudad es femenina y Bilbao no. La ciudad es un espacio público sin fronteras internas pero, al igual que Berlín estuvo dividida por el muro, así Bilbao estuvo dividido por la ría. Bilbao por tanto no es una ciudad. Es el siglo XX o, al menos, lo que el siglo XX dejó en las Españas. Es por eso por lo que, bien leídas las claves políticas y literarias de aquel siglo que nos parece tan remoto, no hubiera hecho falta viajar a Bilbao.

Es verdad que cuando nosotros fuimos nuestros antepasados tuvimos miedo de estas tierras del norte del Duero. Hay escritos de la vieja Córdoba que hablan con prevención de tierras brumosas que acaban en un litoral de “playas verdes y águilas”. Como si esas dos cosas cambiasen la naturaleza universal del mar. Y es verdad que el Cantábrico parece no ser el mismo océano de Cádiz y que pudiera parecer que a estas arenas de Vizcaya pueden llegar las águilas o el lobo de los montes. Pero estas son imágenes de otro milenio.

Bilbao fue creada por los altos hornos, los buques gigantes, el accidente laboral, los monos azules, las camisetas de óxido y la piel tiznada de los hombres, la conspiración, el sindicato, la emigración y el sueño socialista. Esto es: Bilbao, como Nueva York, es causa y producto del siglo XX. Y al final de aquel siglo, el capitalismo financiero triunfó sobre el industrial. Desmantelaron entonces las fábricas y los muelles, atoraron las chimeneas, agujerearon el estado del bienestar e hicieron del trabajo humano algo más blando y más precario de lo que era. Fue por entonces cuando comenzaron a regenerar la ría del Nervión. Extrajeron del fondo toneladas de lodos minerales y metálicos hasta permitir el retorno de los peces y se decidió encargar la construcción de un museo al arquitecto Frank O. Gehry. Es el Guggenheim: la mejor prueba de que el siglo XX existió y dolió.

Los domingos la abuela del arquitecto Gehry solía cocinar una carpa, pero el día anterior el pez se quedaba vivo en la bañera y al niño le estaba permitido jugar con él. Muchos años después, cuando le encargan la construcción del museo Guggenheim en Bilbao, Frank Gehry se empeña en reproducir aquel pez en movimiento. Y ahí esta ahora, junto a la ría del Nervión, delicado y fatal, con volúmenes ortogonales cubiertos de piedra caliza y con otros curvados y retorcidos, cubiertos por una piel metálica hecha de escamas de titanio de medio milímetro de espesor

El plateresco trató a la piedra como si fuera plata y Gehry ha tratado al titanio como si fueran las escamas de aquel pez. La luz húmeda de las mañanas de Bilbao permite ver al Guggenheim como una nave del futuro, pero los muros cortina de vidrio tratados con plomo son en verdad el agua de la bañera turbia de Gehry. Y eso es Moby Dick. El puente urbano engullido es la prueba de que el edificio tiene la boca inmensa de una ballena. El escultor Serra ha construido las tripas de laberinto donde Jonás aguardó tres días antes de ser vomitado en la playa.

Parece que este pez fuera frío, pero todo niño que se acerque al Guggenheim sabe que es caliente, mamífero anfibio, varado en los lodos del siglo XX. El edificio respira. La complejidad no es un defecto y las curvas sinuosas del cristal, el titanio y la piedra son un desafío a toda simplicidad. Diseñadas por los computadores de la industria aeronáutica son de una complejidad inabarcable. Parece que contuvieran las claves de la curvatura del tiempo, de los límites del universo o de todos los enigmas que indagaste en vano y, sobre todos, el del nombre secreto de Dios. Así indescifrado, el Guggenheim se despereza junto a la ría. Parece al atardecer una plegaria de bronce, por la noche el sueño de un jeque vikingo y, por las mañanas, el velamen de un barco que nunca volverás a ver.


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>